¿Qué entendemos hoy por formarse?

Pere Monràs • lunes 18 julio 2016

Què entenem per formar-se

Una corriente de reflexión invade las aulas y escuelas en todo el mundo. Las escuelas, tal como fueron concebidas hace cuatro siglos, nacieron de las necesidades de la Revolución Industrial al constatar que se necesitaba una ingente mano de obra para empezar a producir productos de forma acelerada y hacer posible una enorme expansión de los mercados.

Las clases pudientes comprendieron que niños y jóvenes debían recibir una educación reglada que les “civilizara y socializara” desde lo más simple (como comer) a lo más complejo (como hablar y tener habilidades) para incorporarse al mundo del trabajo del naciente maquinismo industrial. Mucha literatura se ha escrito sobre el nacimiento de este proceso y las condiciones en las que se produjo. Un cambio que ha conllevado el despliegue progresivo de diversos modelos de escuela, generalmente a cargo de congregaciones religiosas que veían, además, la necesidad imperiosa de adoctrinar a esta nueva sociedad en los principios religiosos y morales.

La universalización de la enseñanza culmina este proceso educativo, extendiéndolo más allá de los límites de las propias familias. La “unidad aula” se consolida de este modo como el paradigma de un nuevo tipo de educación que hasta entonces sólo habia estado al alcance de estratos sociales altos que empleaban institutrices para instruir a los miembros más jóvenes de la familia.

En estas nuevas aulas los maestros se entregaron, con mayor o menor acierto, a la tarea de enseñar al que no sabe. Tras ellos, los profesores empezaron a trocear el conocimiento en disciplinas diversas, amparados en el pensamiento cartesiano de que la razón es la fuente principal de todo conocimiento. A sus ojos, este pensamiento filosófico acabó por desvanecer las tinieblas del oscurantismo medieval en el que los milagros arrojaban luz sobre todos los misterios que escapaban a la comprensión humana.

Se impone finalmente el racionalismo en todas sus acepciones y con él empieza la reglamentación y acreditación del conocimiento considerado imprescindible: la enseñanza se imparte homogéneamente y de forma estandarizada a todos los niños, la escolarización obligatoria se extiende con carácter universal.

Su gran éxito nos ha hecho olvidar el motivo real de su creación. Esta disociación mental en relación al para qué original ha dado lugar a una una carrera sin fin para lograr títulos, acreditaciones, grados, másters y más másters en base a acumular conocimiento procedente de libros o transmitido por otros. Todo debe ser memorizado y acumulado desde la lógica de la razón, abocados al paradigma de “lo que no se pueda contar, no cuenta” y distanciados progresivamente de otra afirmación no menos cierta: “pero lo que se cuenta no es”.

Nos hemos alienado como sociedad, perdiendo la conexión más íntima con nuestra propia esencia, disociando cuerpo y mente, menospreciando las emociones y la intuición, olvidando deliberadamente que, lo sepamos o no, siempre seremos Naturaleza.
Esta profunda negación genera graves contradicciones que se evidencian en las aulas, en nuestra forma de entender el proceso de aprendizaje.
En contra de lo que Sócrates nos aconsejó (“Conócete a ti mismo”) hemos dejado de buscar el conocimiento en nuestro interior.

De este modo se impone de forma hegemónica el pensamiento del Homo Economicus, al tiempo que el mercado transaccional da lugar a una carrera desbocada hacia la acumulación de bienes sin otra justificación que “tener lo que sea, a costa de lo que sea”.
El beneficio, tal como lo planteó Adam Smith, ya no tiene como misión aplicarse a nuevas realidades productivas sino que se desvía hacia unas pocas manos, siguiendo un proceso de acumulación de la riqueza progresivamente oligopolista que finalmente se ha convertido en monopolista.

Las clases medias, el “espacio tampón” que mantiene la cohesión social, se están desvaneciendo sin miramiento alguno. Las élites consideran que ya se puede prescindir de ellas una vez las han utilizado para resarcirse de los reveses financieros.

La historia evolutiva de nuestra especie reacciona en cada momento a la polarización, generando una concentración de fuerza de signo contrario que se corresponde con las características del otro polo. La consecuencia es la pérdida de equilibrio y armonía para el conjunto de esa civilización. Son los grandes ciclos de la historia.

¿Cómo hacer frente a esta sinrazón? La respuesta es una nueva educación. Una educación para la vida, no sólo para el trabajo, orientada a extender al máximo toda la percepción que podamos conseguir.
“La percepción es el auténtico camino de la vida”, asegura Bruce Lipton, experto biólogo celular. Cuanto mayor sea nuestra percepción de lo que se encuentra a nuestro alrededor, más abriremos nuestra mente para poder discernir entre un conjunto mucho más amplio de variables y, en consecuencia, estaremos dispuestos a aplicar nuestro discernimiento sólo a aquello que nuestra voluntad elija.

Antes de actuar, primero debemos reconocer sin ambigüedades que lo primero es reconocer el para qué de nuestras decisiones, aquello que activa realmente nuestro compromiso y luego aplicar la razón para esclarecer el cómo de nuestras voluntades y compromisos.

Para lograrlo necesitamos otra educación. Una educación que no se base en la estandarización y la homogeneización del factor humano sino, y muy significativamente, la potenciación de su singularidad para que cada uno llegue a desplegar toda su potencialidad.

Formarse es encontrar la propia singularidad, es desplegar todo aquello con lo que se nace y se hace. Formarse no es cumplir un estándar sino encontrar el valor de la diversidad creativa, del talento organizado, de las peculiaridades que añaden valor. Como decimos en jardinería doméstica, cada planta necesita su rincón. Buscar esta singularidad nos aleja de ser ovejas obedientes. Ya sabemos que la oveja no conoce otro interlocutor que el perro y, por tanto, no se relaciona ni con el pastor ni con el amo del rebaño. Mejor formarse que formar parte del rebaño.

Artículo publicado con autorización expresa de la Revista ROL de Enfermería